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Morder la correa.

Si alguna vez te preguntan por mi,
diles que fui con mis restos a otra parte,
que huí de tu guion prefabricado,
de tu jerarquía.

Diles,
que agotaste tanto un cuerpo a prueba de balas,
que murió a quema ropa
que te reíste de las ganas,
que ni tan siquiera leíste la carta de despedida
y decidí cambiar de baile.

Diles,
que el perro que educaste mordió
la correa y le salieron alas,
huyó en un vagón de tren camino a casa.

Se alejó de la prohibición que imponías a cada paso,
de tus quiero y no puedo,
de tus delitos no confesados.


- Luis Darío Pérez Hernández 

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